Ayer leía a Margarita Álvarez, experta en felicidad, decir: “hemos confundido bienestar con autocuidado” y me quedé buen rato pensando porque siempre que comienza el año todas las Malasmadres me decís: “mi reto, mi propósito, lo que este año quiero de verdad es cuidarme, priorizarme” y el autocuidado se coloca en primera línea. Pero ¿qué estamos entendiendo como autocuidado?
¿Es el autocuidado de moda, que nos persigue por redes sociales, realmente el que queremos? ¿Nos hace sentir mejor o vacías cuando descubrimos que es un imposible al alcance de muy pocas? ¿Nos genera paz y bienestar o, todo lo contrario, frustración y desánimo, porque nos aleja de nosotras mismas?
Hemos creído, porque así nos lo han vendido, que el autocuidado tiene que ver con vernos mejor frente al espejo. “Verse mejor” significa estar “más guapa”, “más cuidada” y para ello el pack completo incluye: “una piel más tersa”, “un cuerpo más fit” (y delgado, por supuesto), “un pelo más hidratado”, “unas uñas más esculpidas”, “unas cejas más marcadas “unas pestañas más rizadas” … En este pack no tienen lugar las ojeras, las arrugas, los michelines, las estrías, las varices, las canas ni cualquier otro signo de envejecimiento.
El concepto de “autocuidado” se ha pervertido tanto que sin darnos cuenta estamos siendo cómplices. Autocuidado ahora es “cuidado estético”. Autocuidado ahora supone tiempo y dinero, cada vez más tiempo y más dinero. Con el fin de convertirnos en esa “mejor versión” de nosotras mismas para que no dejemos de ser sujeto deseado.
Pero ¿nos hace más felices llevar las uñas perfectas? ¿Nos hace más felices tener unos labios más carnosos? ¿Nos hace más felices dedicar tanto tiempo a la rutina facial? ¿Reside ahí la felicidad de las mujeres? No lo creo. Porque, además, esta tiranía de la belleza impuesta, disfrazada de autocuidado al alcance de todas, no es real.
La mayoría de las mujeres y madres sobrevivimos como podemos, arañando minutos al reloj para llegar a tiempo a recoger a nuestras hijas, cumplir con el trabajo, llenar la nevera y seguir en una rueda de hámster que ahora también impone tiempo de este autocuidado.
¿De qué sirve todo ese autocuidado si no tenemos tiempo para pensar, para leer, para sentir, para vivir, para descansar? ¿De qué sirve? Quizás ese es el objetivo que nos quedemos sin tiempo y sin dinero, mientras otros se enriquecen con nuestras inseguridades y complejos, que potencia una industria llena de filtros y sin escrúpulos.
Ser la mejor versión de nosotras mismas tiene mucho más que ver con cómo nos sentimos que con la imagen que somos. Despertemos, pensemos, actuemos y mirémonos al espejo con aceptación, cariño y convicción de que cuidarnos va más allá, mucho más allá de responder a los mandatos de una violencia estética, que nos atrapa sin que nos demos cuenta, quitándonos tiempo para vivir con serenidad, disfrutar de nuestros cuerpos y cuidarnos de verdad.
Y ahora os dejo, que tengo que ir a comprar magnesio y contorno de ojos, que ya no tengo, porque aquí no se salva ninguna.



