Cuando doy una charla y la presencian padres es curioso lo que sucede. Hay tres casos posibles. Léase que hago este análisis después de diez años de charlas y encuentros.
Caso 1. El padre incómodo. El padre incómodo, sonríe, participa, comenta con su pareja, se mueve inquieto en el asiento y a ratos preferiría huir. Cuando termino me dice: “muy bien, pero me he sentido incómodo”. No me lo dice recriminando, me lo dice desde un lugar de haber “despertado”. Se ha dado cuenta de que puede mejorar. Se creía corresponsable, pero no lo es.
Toma conciencia y entiende que se quedaba en un lugar demasiado superficial, “ayudando”, con buena intención sí, pero comprometiéndose con las tareas visibles, sin compartir lo que no se ve y sin tener muy claro que la carga mental pesaba tanto. Este padre incómodo está en el camino difícil, pero necesario, para llegar a ser un padre corresponsable. Hay esperanza amiga.
Caso 2. El padrazo. El padrazo no habla ni participa en la sala. Te mira con cierta distancia. Está claro que ha sido engañado para estar esa tarde allí. En más de una ocasión mira el móvil y piensa: “que acabe ya esta tortura, por favor”. No huye por respeto a su pareja, claro. Tiene los brazos cruzados y no muestra una actitud cercana. Arquea las cejas y suspira como si no fuera nada de lo que hablo con él.

El padrazo normalmente está bendecido por un círculo cercano que le aplaude, que le reconoce demasiado lo que aporta en el hogar. Es ese padre que juega, que recoge en el cole y lleva al fútbol, pero que no se acuerda de la intendencia para que todo salga porque no lo percibe como su función. Hace la cena, pero no sabe que faltan huevos. Va al súper con la lista de la compra que le han dado. El padrazo, que se siente héroe salvador, en la mayoría de los casos, saldrá de la charla, pensando que exageramos y que bastante hace. Pero algo ha quedado, confía.
Caso 3. El padre corresponsable. El padre corresponsable sabe que puede mejorar. Y viene a la charla queriendo participar y hacer equipo. Comparte con las demás personas cuándo se dió cuenta de que solo hacía las tareas visibles y cómo, poco a poco, entendió que amar es cuidar. Y no solo cuida a sus hijos/as sino también a su pareja. No es perfecto. No le gusta que le llamen padrazo porque tiene claro que es su responsabilidad.
Sabe que esto es un camino de largo recorrido porque a día de hoy le sigue costando hablar de estos temas con sus amigos. Se siente un poco solo y a veces duda, porque no entiende que todo el mundo le diga a su pareja: “qué suerte tienes”. Este hombre comprometido es ejemplo y sabe que desde ahí, educando a sus hijos/as en el cambio, está el futuro de una sociedad corresponsable. Me he encontrado con un número mínimo de estos padres. Deberíamos clonarlos para avanzar más rápido.
Hay una prueba de fuego para saber si tu pareja (si es hombre) quiere de verdad ser un padre corresponsable. Cuéntale cómo te sientes, dile qué necesitas y si hay actitud positiva en trabajar juntos, en equipo, buscando soluciones para estar mejor como pareja, como familia, aunque el camino sea difícil, te animo a seguir construyendo juntos.
A todos los padres corresponsables.
A todos los padres incómodos, que trabajan para llegar a serlo.
A todos los padres que, aunque “padrazos”, escuchan, están y algún día se sentirán incómodos para llegar a ser más corresponsables.
Y en especial a mi pareja, por creerse padrazo, luego sentirse incómodo y ahora trabajar cada día por ser un padre corresponsable.



