¿Tenéis esa sensación horrible de estar perdiendo el tiempo cuando estáis en una cola del médico o esperando a que salga tu hija del fútbol? Porque hoy también se retrasan. Y cuando llega le digo: “qué lenta sales, ¿no?”. ¿Esa sensación de que estás ahí parada, esperando sin hacer “nada”, con la de cosas que tienes que hacer?
¿Tienes esa sensación de llegar derrapando a la clase de boxing y eso que esta semana solo has podido ir un día? Te vas con la culpa a cuestas y casi pidiendo perdón. ¿Esa sensación de llegar con la lengua fuera, golpear el saco, con todas tus fuerzas, terminar y seguir corriendo a superar la próxima batalla, pasando por el super a por pan que no te queda para los bocadillos de mañana?
¿Tienes esa sensación de nunca estar en lo que tienes que estar? Al menos no lo suficientemente presente. Cuando estás con tu hija o hijo, la cabeza te da vueltas, pensando en la lavadora que tienes que poner, en que olvidaste pasar por la farmacia o devolver el pantalón que llegó y no le queda bien?

¿Se te pasa una cita médica, no encuentras el momento para esa revisión que sabes que no has hecho o llevas postergando ir al fisio aunque cada mañana cuando te levantas te duele la rodilla?
Y al final del día, cuando te dejas morir en el sofá, por fin, mandando a la porra la ropa sucia que se acumula, los emails que se acumulan en la bandeja de entrada, la lista de tareas pendientes que no sabes cuándo serás capaz de reducir… solo tienes fuerzas para decirte: “se está pasando la vida, Laura”.
Esta es mi sensación de estos días, después de que la calma, dichosa calma que parecía certera esta vez, la calma que me juré no perder cuando llegó septiembre, se haya sepultado entre tanta carga mental personal y profesional. Al fondo de esa montaña de cosas, estoy yo, aplastada, asfixiada, a ratos feliz, a ratos triste, a ratos empoderada y a ratos demente, intentando sobrevivir, como tantas.
En esta sensación estamos muchas. Hablo con muchas, comparto esta sensación porque lo de contestar “fenomenal” al “cómo estás” hace tiempo que me incomoda. El viernes pasado vi la película “Comedie Frances”, la protagonista, madre primeriza, decía eso de “nunca estoy en lo que tengo que estar”. Ella, directora de teatro, divorciada de un hombre caradura y padre ausente, contaba que cuando está trabajando su mente está con su niño y cuando está con su niño su mente está trabajando.
Mientras escribo esta columna a las 7 de la tarde, en un hueco entre extraescolares y baños, me interrumpe un “mamá”.
- Dime cariño.
- ¿Me limpias la caca?
Y ese golpe de realidad me devuelve a una vida en la que trabajo y familia están tan mezclados que ya no sé ni cómo separarlo. Porque me dijeron que poder trabajar con mi niña (mis niñas) a mi lado era lo más parecido que iba a poder tener a conciliar. Y yo hice caso y emprendí y me metí en un “fregao” importante. Pero a ratos me siento engañada, cada día más. Por un sistema que nos ha hecho creer que podemos trabajar como si no fuéramos madres y ser madres como si no tuviéramos que trabajar. Un sistema que nos hace sentir que perdemos el tiempo porque el tiempo de cuidado nunca tuvo valor. Y ya estoy harta y ese hartazgo me mueve a seguir luchando.
¿Cuándo vamos las madres a hacer una huelga y acampar para gritar bien fuerte: “hemos sido engañadas”?
Ya está bien. Porque necesitamos “MÁS CONCILIACIÓN, POR FAVOR”.
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