¿Qué quieres encontrar?

Y si dedicáramos el tiempo “estético” a luchar por nuestros derechos…

Y si dedicáramos el tiempo “estético” a luchar por nuestros derechos…

Imaginad un mundo donde las mujeres no tuviéramos que dedicar tanto tiempo a nuestra imagen externa. Y digo “no tuviéramos” porque no somos libres en nuestras decisiones estéticas ni en las horas que pasamos pensando en nuestros cuerpos. Nos hacen creer que sí. Pero ¿de verdad una mujer elegiría dedicar tanto tiempo y dinero a estas prácticas? ¡Es agotador! Y genera tanto desgaste emocional. 

Solo tenemos que mirar cómo la generación anterior no hacía ni la mitad de “cuidados estéticos” que nos imponen a nosotras. Hay todo un sistema creado para hacernos sentir insuficientes siempre, para hacernos creer que la violencia estética es autocuidado, para que nos miremos con juicio, para que juzguemos a otras mujeres, para que nos sintamos mejor por “cuidar” nuestro aspecto sin descanso. Se aplaude, se premia, se envidia, se desea nuestra belleza externa. Y así estamos, volviéndonos locas porque nos miramos y no nos aceptamos, en una comparación constante.

Son las 4 de la mañana. El taxi me recoge a las 5 de la mañana para coger el primer vuelo a Madrid y una hora me parece poco para todo lo que tengo que hacer.

Anoche mi pareja (hombre) me dijo: “yo me despertaría a las 4:45”. Y en esta realidad, tantas verdades ocultas, tantas libertades cuestionadas y tanta presión sobre las mujeres.

Me despierto, voy a la cocina y me tomo la pastilla de la tiroides, que me acompaña desde hace más de 20 años cuando sufrí mi primera crisis de vida, que acabó con un hipertirodismo de caballo. Días como hoy paso de los suplementos. Lo mío no es constancia aunque me estoy dando desde unas semanas otra vez al magnesio y al omega como una nueva religión, esperando mejorar no sé exactamente qué. Hasta que se me gasta el bote y me da rabia gastarme el dinero en algo que no tengo claro si me está ayudando más de lo que me ayudaría tirarme en el sofá a descansar sin culpa.

Entro al baño, lo más sigilosa que soy capaz, para no despertar a las niñas y que ya el tiempo se me eche encima. Me lavo la cara, los dientes, vamos lo de cualquier mortal. Pero después de la ducha, me limpio la cara, me pongo crema hidratante y me maquillo para disimular la cara de madre que ha dormido 4 horas a trompicones entre despertares por los nervios de quedarme dormida y los terrores de mi pequeña. 

Luego me “arreglo” lo que puedo mi pelo de postparto eterno porque hoy me harán fotos y quiero salir medio decente. 

Y me pongo el uniforme de la conciliación. Mi traje negro de hace años y mi camiseta amarilla “yo no renuncio” porque hace tiempo que decidí que prefería que me preguntaran por mi discurso y no por mi outfit.

Poco más, no os creáis, pero lo suficiente para haber robado esos 45 minutos a Morfeo.

Voy ya en el avión, miro a la chica de al lado, con su clean look, con sus uñas “perfectas” de gel, su outfit cuidado al detalle, miro mis uñas desaliñadas, mis gafas sucias y mi camiseta arrugada (pero no se nota) y pienso en:

¿Qué estaríamos haciendo las mujeres si no tuviéramos que dedicar tanto tiempo a nuestra imagen externa? 

Seguramente GOBERNAR. Ay si gobernáramos las madres. El mundo sería otro. El sistema no nos tendría agotadas porque lo estaríamos transformando.

Seguramente OCUPAR ESPACIOS DE PODER. 

Seguramente DESCANSAR un poco más. 

Seguramente CUIDAR con dignidad.

Seguramente MEJORAR nuestras relaciones sociales.

Seguramente LUCHAR por nuestros derechos sociales.

Pero mientras sobrevivimos intentando llegar a ese modelo de mujer (y madre) perfecta impuesto, nuestros derechos se dejan de conquistar. Porque al sistema les interesa mucho más que estemos ocupadas “en nuestras cosas”, “cosas de mujeres”, que ahora llaman autocuidado, la trampa perfecta. 

Si dedicáramos el tiempo que dedicamos a pensar en nuestro cuerpo, en nuestro outfit, en nuestras canas, en nuestras ojeras, en nuestras arrugas, en estar siempre más delgadas y ser más deseables… gobernaríamos el mundo. Ya lo estaríamos haciendo. Estoy segura. Porque cuando nos movemos, cuando nos juntamos, cuando nos desahogamos juntas, la revolución crece y nuestro enfado también.

Y muchas mujeres (y madres) cabreadas no pueden ser ignoradas.  

PD. Esto no va de que no te cuides. Va de que seamos consciente de por qué lo hacemos de esta manera y mientras nuestro descanso, nuestra salud mental y nuestro tiempo pasan a ser un bien escaso.

firma laura

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *