El algoritmo nos conoce bien, queridas Malasmadres, conoce nuestra ansiedad disparada del final del curso, la necesidad de conciliar en verano y la esperanza de poder sacar algún ratito de descanso para nosotras. Así que el señor algoritmo lleva semanas que me persigue con campamentos, pero yo me pregunto si el algoritmo me va a pagar los campamentos que me muestra porque madre del amor hermoso… Eso son viajes de lujo en toda regla. Y oye, yo a veces fantaseo con mandarlas a Laponia un mes y que se peleen allí todo lo que quieran. Pero luego vuelvo a mí y descubro que lo que realmente quiero es sobrevivir a esta no conciliación, disfrutando del verano en familia, con un poco de tiempo de soledad y sin tanta culpa.
Para la mayoría de las familias mortales, los campamentos cumplen la función de: “¿qué haces con los niños/as mientras trabajas, el cole está cerrado y no tienes vacaciones?”. Porque nadie pone en duda que lo colegios tengan que cerrar, cosa que no entiendo, pero nos olvidamos de que las familias no tienen cómo organizarse para cuidar al mismo tiempo que trabajan y que los colegios son espacios públicos que pueden reconvertirse en verano para jugar y disfrutar.
No hay fórmula mágica, hay que enlazar campamentos varios, con vacaciones, permisos sin sueldo, favores, abuelas disponibles y supervivencia extrema en nuestros temidos “Juegos de la conciliación en verano”. Esta es la realidad para la mayoría, teniendo en cuenta el esfuerzo económico que además supone. Porque la red de campamentos gratuitos en España es casi inexistente.
El precio medio de los campamentos en España oscila entre 70 y 150 euros por semana y niño/a. Claro, hablo de campamentos “normales”, de esos de actividades básicas, juegos de agua (con manguera), cine en pantalla cutre de salón de actos y manualidades con pinturas de toda la vida.
Luego están los campamentos de “otro nivel”, el high level queridas. Campamentos aspiracionales. Al aire libre. En bosques perdidos. Bilingües, por supuesto. Con piscina climatizada. Menú saludable. Meditación, equitación y hasta viaje en barco. Campamentos que ya los quisiera yo para mí.

El caso es que lo que nos faltaba es que esta oferta de campamentos inalcanzables nos generara más culpa por no ser suficientemente buenas madres, que nuestros hijos e hijas se frustraran por no poder disfrutarlos y la sociedad nos haga creer que esa es la realidad en esta comercialización extrema de los cuidados, también en verano, como reza el artículo de La Vanguardia que os dejo aquí: “el hipermercado de la crianza: campamentos casales y campus para padres con ansiedad y si tiempo”. Solo un matiz, en el titular mejor “madres” porque el 72% de las madres son la principal responsable de organizar cómo sobrevivimos en verano, según nuestros estudios.
Pero el reportaje es muy interesante, con datos que hacen la radiografía del coste de criar y pone el acento en esta hiperactividad llevada al extremo en verano. ¿Qué paso con eso de “mamá, me aburro”, “pues échate en agua”? De verdad además de sobrevivir, ¿tenemos que vivir estresadas con la oferta de diversión sin fin que le damos a nuestros hijos e hijas? ¡Paren el mundo, que me bajo!
Mis hijas enlazan el final de curso con el campamento del cole. Triste, pero real. Así que no celebran demasiado el último día de cole porque al día siguiente ahí vuelven a estar. Y dando gracias. Un campamento “normal”. Con calor, pero con manguera. Sin inglés, pero con monitores jóvenes que lo dan todo y más. Sin comedor, claro está. Así que de 9 a 2. Privilegiada yo que soy autónoma y puedo teletrabajar con ellas en casa. Desquiciada, pero con esta opción, al alcance de muy pocas madres trabajadoras en España.
Después enlazamos con unos días de vacaciones, más tarde con un campamento de más nivel, dos semanitas de ahorros para que las niñas hagan deporte y coman en el campamento. Y luego volvemos al campamento del cole. Y después enlazamos con vacaciones y después teletrabajamos con ellas, como buenamente podamos. Y después en septiembre “ya veremos”, porque tanta planificación agota.
Y en este tetris mortal de un verano que se hace eterno, donde la culpa se mezcla con supervivencia, siempre esa voz de: “los niños y las niñas tienen que disfrutar del verano, están agotados”. Y tú te miras al espejo, con el tic nervioso instalado hasta septiembre, pensando, ¿hay otra manera de hacerlo? ¿Es posible disfrutar de las vacaciones escolares sin dejarte un riñón, renunciar a tu empleo o hipotecar a la buenaabuela? Para la mayoría de las familias no. Así que por favor os pido, este verano CONCILIA COMO PUEDAS, pero no juzgues a las demás. Aquí cada una lo está haciendo lo mejor que puede.
Los juicios al Gobierno que sigue sin hacer nada por la conciliación. Los juicios a quienes tienen que apoyar la maternidad y poner los cuidados en el centro. Los juicios a la falta de presupuestos para campamentos subvencionados. Y si no, siempre nos queda hacer realidad la amenaza de plantarnos en La Moncloa con todos los niños y las niñas para que nos los cuiden allí, en ese campamentos de verano “high level”, que pagamos todas las familias con nuestros impuestos.



