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Ser padre de una niña celíaca: cuando la improvisación desaparece y la empatía se vuelve urgente

Ser padre de una niña celíaca: cuando la improvisación desaparece y la empatía se vuelve urgente

Hace 15 meses diagnosticaron a Mar con celiaquía, y desde entonces nuestra vida se transformó. A la carga mental que ya llevamos los padres corresponsables, se sumó otra invisible: la imposibilidad de improvisar.

Porque cuando llega un diagnóstico así, no afecta solo a quien lo recibe, sino a toda la familia. Cambian las rutinas, las comidas, las celebraciones y hasta las conversaciones. Los abuelos aprenden a leer etiquetas, los amigos se adaptan, y todos —de una forma u otra— se implican para cuidar a quien más lo necesita. La celiaquía no la vive una persona: la vivimos todos.

Ir a un cumpleaños ya no es tan sencillo. Tenemos que llevar nuestro propio “picnic” y preparar su versión sin gluten de la tarta o las galletas. Quedar con amigos requiere planificar con antelación, llevar comida “por si acaso” y asumir el coste que eso implica.

Por poner un ejemplo: el kilo de picos normales en Mercadona cuesta 3,24 €, mientras que el sin gluten 14,20 €. Esa diferencia, multiplicada por cada compra, se nota.

También está el esfuerzo constante de buscar restaurantes aptos para celíacos que gusten a todos, y hacerlo sin perder la sonrisa ante frases como: “Pues yo conozco a un celíaco y no lía todo eso”. “Ahora es muy fácil ser celíaco, hay de todo sin gluten”.

Pero quienes convivimos con esta realidad sabemos que no basta con tener productos sin gluten. El verdadero reto está en evitar la contaminación cruzada, algo de lo que aún se sabe poco en hostelería. Y ahí es donde te das cuenta de que todavía falta mucha empatía y formación.

El tema de los hoteles merece capítulo aparte. Son pocas las cadenas que ofrecen alternativas seguras. La mayoría se limitan a indicar los alérgenos en el buffet, algo que no sirve para una persona celíaca.

En el último hotel donde estuvimos nos trataron con una humanidad enorme, pero las opciones eran limitadas: pollo o ternera a la plancha, tortilla, pasta con tomate, patatas fritas, fruta y magdalenas envasadas. Mar no se queja, pero como padre duele verla limitada por una enfermedad que no ha elegido.

Y pienso en lo que viene: cuando sea adolescente y quiera ir a hamburgueserías sin opciones sin gluten o a festivales donde no la dejen entrar con su propia comida, aunque muestre informe médico. Ojalá entonces las cosas sean distintas.

En estos 15 meses nuestra vida se ha convertido en un reto organizativo, emocional y económico, pero también en un aprendizaje enorme.

Cada revisión médica en el Materno Infantil de Málaga nos recuerda lo afortunados que somos. La consulta de digestivo está justo enfrente de Oncología Infantil y de Cuidados Paliativos, y cada vez que vemos pasar a esas familias luchadoras se nos hace un nudo en la garganta.

Por eso, lejos de lamentarnos, solo podemos decir gracias.

Gracias, Mar, por enseñarnos a relativizar, a mirar más allá de nuestras trivialidades y a valorar la salud y la empatía por encima de todo. Gracias por hacernos más conscientes, más organizados y, sobre todo, más humanos.

Visibilizar la celiaquía no es solo hablar de una dieta, sino de una forma de vida que exige comprensión y respeto.

Detrás de cada diagnóstico hay una familia que reorganiza su tiempo, su economía y su cabeza… pero también una historia de amor y de resiliencia.

Ojalá este testimonio sirva para que más personas entiendan lo que significa vivir sin gluten, y para que algún día la improvisación también sea posible para nosotros.

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