Si me llegan a decir con 22 años que iba a ser madre, trabajar más horas que un reloj y acabar llevándome a mi hijo al bar porque no tenía otra opción… probablemente habría dicho: “vale, pero ¿con café ilimitado, no?”.
Porque si algo he aprendido de la maternidad es que el cansancio no se quita durmiendo. Se gestiona. Más o menos. Tirando de humor… o de lo que se pueda ese día.
Fui madre joven. Muy joven, según a quién le preguntes. Y no, no tenía todo bajo control. Ni tenía un plan perfecto. Ni sabía exactamente cómo se hacía esto. Pero ahí estaba yo, con un bebé en brazos y una vida que no se iba a parar solo porque acababa de ser madre.
Durante un tiempo fui autónoma en un bar de pueblo. Y cuando digo “autónoma”, ya sabes lo que significa: abrir, cerrar, limpiar, servir, hacer de camarera, de psicóloga improvisada y, si hacía falta, de fontanera. Todo. Y muchas veces, con mi hijo allí conmigo.
Mi hijo ha crecido entre mesas, sillas y olor a café. Literalmente. Había días en los que su parque estaba en una esquina del bar, otros en los que se dormía con el ruido de fondo de la cafetera y la gente hablando. Y yo, mientras tanto, intentando que no se me quemara la tortilla y que el cliente de la mesa tres no pensara que estaba ignorándole… cuando en realidad estaba cambiando un pañal a toda velocidad.
No era la imagen idílica de maternidad que te venden. No había silencios, ni rutinas perfectas, ni tiempo para leer cuentos con voz suave todas las noches. Había prisas, ojeras y momentos en los que pensaba: “¿en qué momento decidí que yo podía con todo esto?”.
Spoiler: no podía con todo. Pero lo hacía igual.
Recuerdo una vez que, en pleno lío de desayunos, mi hijo decidió que ese era el momento perfecto para llorar como si no hubiera un mañana. Yo con la bandeja en la mano, el café a punto de caer y la señora de la mesa de siempre mirándome como diciendo “hija, respira”. Y yo pensando: “respirar sí, pero ¿cuándo?”.
Y aun así, salíamos adelante.

Porque cuando eres madre —y más cuando eres madre joven— no te queda otra que sacar recursos de donde no sabías ni que existían. Aprendes a hacer mil cosas a la vez, a funcionar con poco descanso y a reírte un poco del caos, porque si no, te come.
También aprendes a convivir con la culpa. Esa compañera fiel. La de “no estoy pasando suficiente tiempo con él”, “no lo estaré haciendo bien”, “debería estar en casa más tranquila”… Pero la realidad era otra: estaba trabajando para sacar todo adelante, y lo hacía como podía.
Con el tiempo entendí algo importante: mi hijo no necesitaba una madre perfecta. Necesitaba una madre real. Una que, aunque llegara cansada, estaba ahí. Una que se equivocaba, pero también aprendía. Una que, aunque no tuviera un cuento cada noche, le daba abrazos de verdad.
Hoy mi vida es diferente. Me dedico a la agricultura, un cambio que, si me lo dicen antes, tampoco me lo habría creído mucho. Pero aquí estoy, entre campos, madrugones y otra forma de vida que también tiene lo suyo. Porque si algo no cambia, es que esto de ser madre sigue siendo igual de intenso, estés donde estés.
Sigo teniendo días caóticos. Días en los que no llego. Días en los que pierdo la paciencia y luego pienso “podría haberlo hecho mejor”. Pero también tengo otros en los que me paro, le miro y pienso: “lo estamos haciendo bien”.
No perfecto. Pero bien.
Si algo me ha enseñado todo este camino es que no hay una única forma correcta de ser madre. Que cada una hace lo que puede con lo que tiene. Que a veces toca trabajar más de la cuenta, otras reinventarse, y muchas simplemente sobrevivir al día.
Y que, aunque no lo parezca, en medio de todo ese caos… también hay mucha vida.
Así que si tú también estás en ese punto en el que sientes que no llegas, que vas corriendo a todas partes y que lo haces todo a medias… bienvenida. Probablemente lo estés haciendo mucho mejor de lo que crees.
Yo empecé con 22, sin manual y con un bar lleno. Ahora sigo sin manual, pero con muchas historias que contar.
Y oye, al final va a ser verdad eso de que, aunque no sepamos muy bien cómo, tiramos para adelante. Siempre.


