“NO HAY LATIDO”. Muchas noches me desperté con esas palabras dando vueltas en mi cabeza, sin saber si estaba en una pesadilla o viviendo la verdad.
Mi viaje como madre había empezado con felicidad y esperanza. Tenía ya una hija, sana y feliz. Su hermana Sofía vino a llenarnos de amor. Y también de un dolor que no esperaba. En la semana 27 de embarazo, mi bebé dejó de latir.
El miedo me envolvió desde lo más profundo: si mi hija había muerto dentro de mí, ¿podía morir yo también? La culpa me paralizó. Sentía que mi cuerpo había fallado, que había causado muerte cuando lo único que esperaba era dar vida.
Y el vacío. Un vacío que no era solo la ausencia de mi bebé, sino de todos los sueños que ya imaginaba con ella. Me sentí quebrada, incapaz de procesar que aquello era real. La tristeza, la rabia y la incredulidad convivían cada día.
Hay algo que pocas veces se cuenta: cuando un bebé muere en el embarazo, también hay que parir. Parir sabiendo que no habrá llanto al otro lado. Parir con el corazón roto. Hace unos años, por fin, las mujeres que pasan por una muerte perinatal tienen derecho al permiso de maternidad de 16 semanas. Un derecho necesario. Imprescindible.
Ese tiempo fue mi refugio. Me permitió recuperar mi cuerpo, sostener mi mente y empezar, poco a poco, a aceptar que Sofía ya no estaba. Me dio espacio para llorarla, recordarla y comenzar a recomponerme.

Hasta que llegó el momento de reincorporarme al trabajo.
Y al día siguiente, me despidieron. La empresa alegó causas económicas basándose en previsiones, aunque en ese momento seguía teniendo beneficios, incluso superiores al año anterior. La bajada de ventas respondía a decisiones estratégicas, y yo misma había sido contratada apenas un año antes —dejando otra empresa— para liderar ese proyecto a medio plazo.
Aun así, fui yo quien fue despedida. Justo al volver de un permiso de maternidad que la ley reconoce y que debería ofrecer una protección especial. Según la legislación, deberían haber considerado primero a otros compañeros que no estaban en esa situación de protección. Pero no fue así.
La sensación fue devastadora.
Sentí que todo lo que había vivido en esos meses no importaba. Que mi maternidad y mi pérdida quedaban invisibles frente a la lógica económica de la empresa. Fue un golpe doble: primero, la muerte de Sofía; después, la pérdida de mi trabajo en uno de los momentos más vulnerables de mi vida.
Decidí luchar e impugnar el despido. Porque algo dentro de mí no podía aceptar que esto fuera normal. Que esto fuera válido. Que no tuviera consecuencias. Durante el proceso, muchas personas me dijeron: “Es un caso claro”.
Sin embargo, la sentencia consideró acreditada la causa económica alegada por la empresa y validó el despido. Y ahí entendí algo que duele: que la maternidad sigue siendo frágil en el mundo laboral. Y que cuando esa maternidad está atravesada por el duelo, se vuelve casi invisible.
Porque no encajas. No eres la madre que la sociedad reconoce, y tampoco eres la mujer “disponible” de antes. Estás en un lugar incómodo, silencioso, difícil de mirar.
Compartir mi historia no busca generar lástima ni hablar de valentía personal: es un acto de visibilización. Muchas mujeres que atraviesan una pérdida perinatal se sienten solas, invisibles, sin derecho a duelo, sin la protección laboral que deberían tener y sin el apoyo suficiente.
Porque la muerte perinatal existe.
Porque el duelo existe.
Porque la vulnerabilidad también debería estar protegida.
Y porque ninguna mujer debería atravesar algo así sintiéndose sola o desprotegida.
Hoy cuento mi historia para abrir conversación, generar conciencia y dar voz a una realidad que muchas mujeres viven en silencio.
También para agradecer a quienes visibilizan y acompañan a madres en su maternidad y en su duelo. Gracias a esas redes, podemos hablar, llorar y reconstruirnos con más conciencia y más respeto. Para que otras madres que han pasado por algo similar sepan que no están solas. Porque defender a las mujeres también es esto.
Mi camino no ha terminado, pero la esperanza de que esta historia sirva para cambiar realidades me da fuerza. A las madres que me leen: vuestra vida, vuestro duelo y vuestra maternidad importan. Siempre. 💜


