¿Qué quieres encontrar?

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No sé cómo se llama esto

No sé cómo se llama esto

Yo sabía que tenía un “problema”, por decirlo así, pero no era capaz de ponerle nombre. Después de todo, cuando me enteraba de algún otro caso siempre me parecía más duro, más complicado, y sentía que no tenía derecho a quejarme porque “había tenido suerte”…

  • A lo mejor yo lo había provocado.
  • A lo mejor me lo estaba inventando.
  • A lo mejor eran cosas “normales” que todos los señores de cuarenta años hacían con niñas de cuatro.
Ficha Isis Carratalá

*Podéis seguirla en Facebook e Instagram.

Seguí sin ponerle nombre a mi “problema” hasta que las secuelas se me empezaban a salir por las orejas. Veinte años. Terapia. Un señor con cero sensibilidad que a mi pregunta

“¿Qué lleva a una persona a hacer algo así?” respondió, tan tranquilo:

-Todos los violadores son niños abusados, como tú. Seguro que tienes fantasías eróticas con niños, pero me dices que no porque las tienes reprimidas.

Y yo, que siempre había dicho que quería estudiar psicología, cambié inmediatamente el orden de las casillas y me fui derechita a por la segunda opción: Educación Social.

Cuando llegó el amor…

Seguí yendo a terapia (no con él, evidentemente) por otros motivos, pero no mencionaba nunca los abusos. Y así llegué a los veintiocho, echa un lío, con un par de intentos de suicidio a cuestas y la certeza de que nunca, nunca, podría ser feliz. Y ¡oh, sorpresa!, llegó el amor.

El amor enseguida se dio cuenta de que algo me pasaba. Una noche me sentó frente a la tablet y me puso el programa de Salvados donde James Rhodes, en lo que recuerdo como una entrevista imposible, me dio sin saberlo el empujón que me faltaba.

El proceso de sanación fue tan duro que a veces me arrepentía de haber abierto la boca. Otra vez intenté suicidarme. Otra vez vomité y vomité como si los traumas se alojaran en el estómago. Y el amor sufrió tanto por el camino, que tuvimos que buscar otras formas de querernos.

Y sin embargo, salí.

No sé si “salí”. No sé si se sale, realmente, de algo así. Pero digo que salí porque ya no necesito pastillas para dormir, ya no vomito, ya no me odio. Es más: me gusta vivir. Me gusta mi vida tal y como es por primera vez desde que tengo memoria. Claro que quedan secuelas, pero confío en que con más tiempo y más terapia también aprenderé a convivir con ellas.

El amor volvió a ser el amor del principio, porque algunas historias sí pueden (y deben) reiniciarse. Y cuando llegó el buenhijo nos dimos cuenta de que la vida que teníamos en Madrid había llegado a su fin.

No sé cómo se llama esto

Mi apuesta personal para ayudar a otras personas

El Centro Terapéutico Batiye es nuestra apuesta personal. Es la extensión de nuestra relación hacia el ámbito profesional. Por aquí os adelanto que, entre otras cosas, estamos organizando un taller para que malasmadres y buenospadres que hayamos sido abusados encontremos la manera de que afecte lo menos posible a nuestra crianza. Y muchas más cosas que puedes ver en nuestra web: www.batiye.org

Yo quiero ayudar ahora que puedo. Ahora que soy fuerte y que sé cómo hacerlo. La ayuda desde la ignorancia de tu propio sufrimiento no es ayuda, es codependencia. El acompañamiento terapéutico no va de “rescatar”, sino de escuchar, apoyar, ayudar a identificar cómo te afectan los abusos sexuales en tu día a día. Quiero acompañar a toda la gente que pueda hasta esa línea invisible a partir de la cual ya sólo mirarán atrás para saber que han “salido”.

Han comentado...

  1. Muchas gracias por el post y compartir tu testimonio. Qué fortaleza transmiten tus palabras.
    Tu proyecto es admirable, te deseo lo mejor.

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